domingo, 14 de abril de 2013

Eres la ciudad más bonita que he conocido.

Hemos viajado a tantas ciudades sin ver ningún monumento que no sean nuestros cuerpos que hemos agotado los cupos de besos en la espalda esta temporada.
Pero que siempre nos quedan ofertas de trenes que siguen la línea recta de tus piernas y nos llevan a destinos ya pasados.
Pero y qué.
Qué más da recorrernos el mundo otra vez si yo por ti me haría sedentaria de tu ombligo. Me haría esclava de los ojos que me miran cada vez que me despiertan la mañana (y las noches). No me hace falta ver las estrellas si te tengo a ti rozándome cada esquina de la piel y jugando a ser astrónomo.
Que ya me sé de memoria los caminos que llevan a tu boca, porque siempre me tropiezo con las mismas piedras que tienes por dientes y con el mismo río, tu lengua.
Torres más altas han caído, pero ninguna de la manera en la que nos destrozamos bajo unas sábanas que hacen de cielo, polvo y nubes.
Lo puentes los creamos nosotros cada vez que saltamos el abismo que nos separan dos centímetros de distancia.
Y a ver quién se atreve a decir que no creamos ciudades,
que no vivimos en ellas,
que no nos queremos por ellas.

Que eres ciudad.
Y eres mía.

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