martes, 16 de abril de 2013

Más muerta (de amor) que viva.

He perdido la cuenta de las veces en las que he muerto porque me sé de memoria todas las veces en las que he resucitado contigo.
Que me mancho de lágrimas cuando la ausencia vestida de ti me visita, como haciendo alarde de que no estás, de que estás tan lejos que no te siento, pero es que mira, que sí te siento y te siento tanto que podría morirme (sólo si tu boca me resucita después).
Siempre me pongo para ti, pero perdida de ilusiones. De ilusiones que espero que unas para crearnos una sábana con ellas y no salir nunca de ahí.
He crecido entre esperanzas, contigo de la mano, pero se me rompen de vez en cuando cuando te alejas en silencio. Y creo que nunca he odiado tanto al silencio como cuando es él quien te coge de la mano y te besa la distancia; cuando te pone un dedo en la boca y te calla para ausentarte, y entonces se me escurren océanos por la cara y nado para ahogarme entre tus pupilas (sin éxito, claro).
Me he caído al suelo tantas veces que he dejado de contarlas porque siempre apareces tú para tirarte conmigo y querernos en el suelo juntos.
Y es que no hay nada más bonito que las sonrisas que me sacas en mis días de domingo, en mis lunes de sueño(s) y en los cinco minutos de antes de irme a dormir.
Ya me he acostumbrado a vivir de tus buenos días y a soñar con tus buenas noches, y así me paso el día, pensando y la noche, soñando.
Has dejado al corazón tantas veces en tormenta que sólo lo han curado las ca(l)mas de después.
Y creo que cuando el corazón me pide guerra es porque te quiere follar los miedos,
y entonces
ven
que le voy a hacer el amor a cada uno de los monstruos de debajo de tu cama.

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