jueves, 11 de julio de 2013

C'est fini.

Y de repente lo entiendes, se acabó.
Y en tu cabeza resuena el último portazo que nadie ha dado pero que el viento ha cerrado. A cal y canto. Y ya nada es igual.
Empiezo a cambiar todas las esperanzas por un puñado de ilusiones rotas que se han ido amontonando en el rincón de pensar. Ese que ya nunca me oirá pronunciar tu nombre en voz alta, porque te juro que te pienso tan alto que me oyen hasta los vecinos.
Me voy cambiando las sonrisas que me provocabas por un manto de nubes negras que amenazan con diluviarme cada vez que me acuerdo de ti.
Voy buscando tu mirada en otros ojos como si así pudiera sustituirte. Sustituir, no sabes como odio esa palabra (desde que tú).
Llevo en calma dos estaciones y vienes tú a convertir mi verano y a alegrarme la vida, aunque sea mentira.
Y yo sólo puedo pensar que te irás, como termina yéndose el sol por la noche. Que algún día las maletas sólo servirán para llevarte toda la locura que tenía guardada para ti, para llevarte un trozo de mi ventrículo y dejarme a medias el corazón.
Pero se acabó, porque ya no hay nada (a veces me cuesta pensar que nunca hubo nada).
Y ojalá no acabase, porque sigue doliendo igual. O más.





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